Los niños tienen una magia especial, y eso hace que sus fotos transmitan un algo indescriptible.
Cuando un padre o una madre me pregunta cómo organizar una sesión de sus hijos, mi respuesta suele ser “depende”: ¿qué lugares te gustarían como entorno para esas fotos? La buhardilla de tu casa o el jardín, pues perfecto. ¿Prefieres dar un paseo por los sitios de tu ciudad que más te gustan y en ese recorrido vamos haciendo las fotos? Perfecto también. ¿Ambas cosas? Ningún problema.
Personalmente encuentro mucho más gratificante -y mi experiencia me demuestra que los padres también- hacer fotos de peques en su entorno natural: jugando, explorando lo desconocido o descubriendo cosas nuevas. Un paseo persiguiendo a un enanín y retratandolo cuando ríe, cuando juega, cuando observa, es algo que aporta una naturalidad a las fotos que es muy difícil conseguir de otra forma.
No obstante, no es menos cierto que cuando se trata de bebés o de niños dormidos no hay muchas alternativas, y un posado bien montado puede ser bastante llamativo. Incluso algunos niños que ya no son tan pequeños tienen una pose muy natural delante de la cámara, aunque no siempre es sencillo mantenerlos tranquilos por algún tiempo…
Es lo que tienen estos locos bajitos.







